(Por Ailen Ramos) - Trabajo práctico para lengua, sobre "La masacre de Ramallo" centrándome en un personaje.
Mi
nombre es Flora Lacave, soy viuda y también madre de dos hijos hermosos que hoy
son lo más importante que hay en mi vida. Nací en la cuidad de Ramallo, ahí me
crié y viví hasta que hace unos años, he vivido lo más horrible que pueda
existir, perdí a mi marido, en un asalto, en una masacre.
A
mi querido esposo lo conocí en la secundaria, me lo presentó una prima, me dijo:
“Él es Carlos, es muy amigo mío”. Al principio no quería saber nada pero después,
con él tiempo, empecé a aceptar sus invitaciones, esas que son típicas de un
romance que recién inicia, famosas salidas al cine, a tomar un helado, a tomar
algo, ir a la plaza, bueno, en fin.
Lo
que más me llamaba la atención de él era su carisma, seguro de sí mismo, tenía
sueños, un objetivo y que también quería formar una familia. Después de un
tiempo, empezamos a salir, le costó mucho pedirme que sea su novia, yo veía que
me lo quería decir cada vez que salíamos pero no se animaba, hasta que se animó,
y acepté.
Y
después de muchos años de noviazgo, decidimos casarnos, porque vimos que era
hora de sellar nuestro amor para estar juntos toda la vida, de formar una
familia, tener hijos, viajar, etc. Los preparativos de la boda nos llevaron
casi un año, hasta que finalmente nos convertimos en marido y mujer, fue un día
hermoso, aunque duró poco, las horas se pasaron rápido, fue un casamiento
bellísimo, con muchísimos invitados, estuvimos
acompañados de familiares y amigos, realmente fue todo un sueño, al fin y
acabo, nuestro sueño se había cumplido, lo habíamos logrado.
El
tiempo pasó volando, ya llevábamos más de trece años casados, éramos padres de
dos hijos maravillosos, y también éramos felices, fuimos muy felices todos los
días, y la vida de un día para el otro me
lo arrebató.
Carlos
tuvo varios trabajos, hasta que consiguió ser cajero del Banco Nación de la
ciudad. Los primeros años, trabajábamos los dos, era para tener más ingresos en
la casa, darnos nuestros gustos y la mejor educación a nuestros hijos, para ese
entonces, ya estaban los dos, y las cosas muy bien en el país no estaban así
que decidimos eso.
Un
tiempo después, obtuvo la gerencia del banco, al principio a ninguno de los dos
nos gustaba ese ascenso, era complicado, por sobre todo riesgoso, es una
responsabilidad muy grande, sabíamos las consecuencias que podía causar,
también estábamos al tanto de cuánto iba a ser su sueldo, porque es otra categoría
y se te paga muy bien. Yo iba a tener que dejar de laburar porque ya no hacía
falta, íbamos a poder darnos nuestros gustos igual, el mismo ingreso a la casa,
y solo trabajaba él.
Y
fue así que nos tuvimos que mudar arriba del banco, ahí estaba nuestra nueva
casa, nuestro nuevo hogar, la gente del Banco te hacía vivir lo más cerca
posible, para que si en la madrugada o en otro momento que el establecimiento se
encontrara cerrado, fuera asaltado, el gerente pueda llegar lo más rápido
posible. Así que todas nuestras mañanas las comenzábamos juntos, los hijos se
iban a la escuela, y yo me quedaba a acompañar a Carlos hasta que se abrieran
las puertas del banco así después seguir con mi vida, hacer las compras,
visitar amigas, familiares, padres, ir a reuniones del colegio, hacer lo que
toda mujer, madre y esposa hace.
Llevaba
más de 10 años trabajando en ese banco, y cuatro siendo gerente del lugar.
Hasta que llegó el día más feo, más triste, más catastrófico, más inhumano que
pueda existir en el mundo, ¿quién lo iba a decir? Para nosotros fue una mañana
normal, sentíamos que iba hacer calor, era Septiembre, fue un diecisiete de
Septiembre.
Me
acuerdo que nos levantamos, desayunamos con nuestros hijos y los llevamos a la
escuela, los despedimos y volvimos. Al llegar, entramos por la misma puerta de
siempre, saludamos a la vecina que todas las mañana baldeaba la vereda,
entramos, fui a la cocina y puse la pava para tomar unos cafés. Recuerdo que
Carlos había bajado porque había llegado el contador del banco, eran más o
menos pasadas las 8 am, como sabemos en los bancos todos llegan puntuales, el
cartero estaba por llegar, y los demás empleados llegaban a la misma hora al
igual que el tesorero, que estaba por arribar en cualquier momento porque
siempre lo hacía a las 8.30 am.
Estaba
bajando las escaleras con un café en la mano cuando escuché el timbre, como lo
expliqué antes, el cartero estaba por llegar en cualquier momento, y el del
timbre tenía que ser él; y era el cartero, pero junto con él también había dos
hombres más, dos delincuentes, dos malparidos. Por culpa de ellos, mi vida
cambió radicalmente, para siempre.
Apenas
entraron pidieron que nos tiremos al piso, de la desesperación lo único que
lograba entender que decían era: “Todos
al piso y que nos den todo, todo, pero todo”, después de que nos pegaron
una piña a cada uno, y preguntaron quién era el gerente, quién era la persona
que estaba además (el contador), que se ve que no estaban muy bien informados
porque no sabían que se encontraría el contador adentro también, luego
preguntaron quien estaba en nuestra casa.
Nos
pedían las llaves y las claves de la bóveda para sacar toda la plata que estaba
adentro de ella, mi marido, muy nervioso, le trataba de explicar cómo podía que
no había ninguna plata adentro, que solo se encontraban documentos privados
pero que le íbamos a dar todo lo que pedían y no nos hicieran daño. En ese
momento, le colgaron una granada, le dijeron que si alguno de nosotros nos
pasábamos de listo, volábamos, sí, volábamos todos. Sabían que para la bóveda
se necesitaban tres llaves porque se la pidieron a Carlos y al contador, y
dijeron: “Tenemos que esperar al tesorero
que en cualquier momento llega para obtener la tercera”.
El
timbre volvió a sonar, y los chorros dijeron que seguro era el tesorero, y yo por
dentro dije: “No, no es el tesorero,
Estévez no va a venir, esa mañana se tenía que hacer un chequeo médico”.
Fueron a abrir la puerta y regresaron con otro hombre, que más que hombre, era
un pibe, un nene. En menos de diez minutos había cincuenta policías rodeando el
lugar, a nosotros nos ataron y cuando llamó el comisario hicieron que hablara
mi marido, ellos pedían la llave y clave que faltaba para abrir la bóveda, pero
el comisario les dijo que había que esperar al juez para negociar. Después de
eso, llegó la prensa, entonces encendieron la televisión que hay en el banco
para los clientes y seguían todo lo que pasaba afuera.
“Según la policía local, el banco fue tomado por seis
hombres fuertemente armados con armas largas y explosivos”, era lo que decían los periodistas en todos los
canales de noticias. Se los notaba muy nerviosos, pedían comida, se la pasaban
pensando y pensando en una salida para todo esto.
Mandaron
al más chico de ellos conmigo para buscar comida en mi casa, le pregunté que
por qué hacía esto, que era un niño para mí, que me hacía acordar a mi hijo más
grande, le ofrecí ayuda porque me dio pena, era un chico, se quería hacer el
duro, se notaba claramente que no era igual que los otros dos, y estaba
asustado, muy asustado. Y fue a él a quien después de todo lo que pasó, visité
en la prisión, tan sólo por el hecho que me diga ¿por qué lo hicieron?
El
teléfono volvió a sonar, era la policía, le dijeron a Carlos: “atende pero no
hagas cagadas”, entonces levantó pero del otro lado pedían hablar con el
cabecilla de los delincuentes, entonces habló y pidió que le entregaran la
llave, la clave, un auto con el tanque lleno, que le den franco a todos, y se
iban sin hacerle nada a nadie pero el juez no cedió, y cortaron. Las horas
pasaban, nosotros estábamos demasiado nerviosos y ellos más todavía, no sabían
que hacer, iban y venían, ni siquiera los mirábamos y uno de ellos nos decía:
“¿qué miran? Los vuelo a todos.
El negociador llamó, pero lo que les cedía era
muy poco, ellos quería más, y si no les daban todo lo que ellos querían,
volaban el banco, en un momento de la comunicación, les nombró a la prensa, con
que gracias a ella, podían ver todo lo que estaba afuera para que no los tomen
de pelotudos, todos observábamos a través del televisor que había toda clase de
policías afuera (grupo GEO, grupo Halcón, la policía local), y en un momento,
los noticieros no mostraban más el edificio del banco. Cuando cortaron el
teléfono, uno de ellos, se reveló y quería matarnos a todos, apuntaban a mi
marido en la cabeza, pero el cabecilla le decía que se calme, que escuchó por
el handies que estaban por entrar, entonces mi marido le pedía por favor que se
tranquilice que así no se llegaba a nada, que las cosas iban a terminar muy
mal, y bajó el arma, todo ese momento, dejé de respirar, mi corazón se había
detenido.
Carlos
volvió a llamar y pidió por favor que le dieran lo que pedían porque esto ya se
estaba yendo de las manos, y ese mismo momento uno de ellos le arrebató el
teléfono y les recordó lo que habían pedido, les dijo que él tenía la
enfermedad del SIDA al igual que toda su familia, que si el edificio iba a ser
intervenido por la policía no le quedaba nada por perder ya, porque su vida
estaba acabada. La llamada todavía no se había cortado, y el cabecilla comenzó
a negociar de vuelta, pidió la llave a cambio de un rehén, la clave y liberaba
otro rehén y así… y colgó el teléfono. Ellos continuaban nervioso, uno de ellos
eran una bomba de tiempo, se notaba que en cualquier momento estallaba.
Y
mientras las horas pasaban, notaba que toda esa mierda no se terminaba más, y
lo miraba a Carlos, miraba al hombre que amaba, al padre de mi hijo, al hombre
de mi vida. Él me pedía que esté tranquila que todo iba a estar bien, que se
iba a terminar. Y le recordaba que era mi vida, que gracias por haberme hecho
tan feliz los últimos años, que nunca se los iba a poder pagar, gracias por
elegirme, por haberme amado tanto, gracias por nuestros hijos, y Carlos me
decía que no le hablara así que esto no era una despedida, que se iba a
terminar, y antes de que nos interrumpieran le dije: “Yo te amo tanto” y me
volvió a decir “yo también, te amo, y te voy a amar siempre”.
Las
horas seguían pasando, ellos estaban más alterados que nunca, las negociaciones
estaban trabadas, se peleaban entre ellos, discutían, se agredían, para mí,
ellos, se encontraban perdidos, y no sabían cómo seguir, creyeron que se les
iba a ser más fácil, pero resultó ser más difícil que nunca. Después de un rato
habían acordado una negociación, un rehén desnudo por la llave, decidieron
sacarme a mí pero yo me negué, les dije que sin mi marido yo no me movía del
lugar, y entonces dijeron que tanto barrullo, si se quiere quedar que se quede,
que salga otro, por el cartero, y cuando se estaba yendo con él, el más joven
de ellos, les gritó: “esperen, me quiero entregar”, y eso los volvió más locos,
se empezaron a pelear, tiraron varios tiros al aire.
El
celular de uno de ellos, sonó y después de esa llamada, decidieron salir del
banco, le pidieron la llave del auto a Carlos, subimos, a mí me usaron de
escudo, a mi esposo le pidieron que maneje, que abra el portón y que les grite
que era el gerente Chaves y que no tiren por favor, que estábamos por salir.
Cuando arrancó el auto, mi mundo se detuvo por un instante, millones de
recuerdos se vieron a mi cabeza, mis hijos, mis padres, todos. El coche empezó
a andar y la peor música comenzó a sonar, miles y miles de tiros se escuchaban
que pactaban en el auto, había policías por todos lados, en toda la cuadra y
eran de todos colores, de diferentes uniformes, después de que el auto chocó
contra un árbol, lo vi a Carlos, noté que estaba herido al igual que yo, y me
dijo “me hirieron”, y le dije: “No importa porque yo te amo, y me soltó la
mano”, era una costumbre que teníamos, cada vez que subíamos al auto nos
agarrábamos de la mano, y cuando no lo hacía se enojaba.
Luego
de que pasaron cinco años de aquel día en donde perdí lo que más amaba en este
mundo, yo había mentido en el juicio, dije que nunca existió ese famoso
“handie” de la policía, y no fue así, el aparato ese si había existido, a
través de eso, ellos sabían todo, por eso en el segundo juicio lo confirmé,
también conté algo que en el primer juicio no lo había dicho, que después de
que todo terminara, donde dejaron de disparar, el ex jefe de la policía local
Oscar Parodi, terminó de matar a mi marido, sí, lo terminó de asesinar, le
disparó a sangre fría por la espalda, y todos se preguntaron por qué callé, por
qué no lo dije al principio, y no lo dije por miedo, tenía miedo de mí, de mis
hijos, ya me había sacado a mi marido, qué más me iban a sacar?
Ahora,
ya pasaron casi dieciséis años de aquel día tan feo, de aquel asalto, de
aquella masacre, porque sí, fue mucho más que una masacre. Todos los días me
levanto y pienso en Carlos, en lo felices que podríamos ser hoy, en como
cambiaron las cosas, en lo difícil que es vivir sin él, en cuanto lo extraño, y
me pregunto millones de cosas, que la mayoría ni tienen respuestas, pero estoy
un poco más entera, porque después de los años, se pudo hacer justicia, los
juicios tardaron mucho, pero salieron y se pudo condenar a mucha gente que
estaba involucrada, a los chorros que estaban vivos, porque días después de la
masacre, uno de ellos apareció ahorcado en la comisaria, ni llegó a ser juzgado
que se estaba muerto, no se sabe si se suicidó o lo mataron, pero todo los
policías, los cómplices del asalto, habían sido condenados, incluso hasta algunos
le dieron 24 años de cárcel.
Y
yo, Flora o Flori cómo me decía Carlos, continuo mi vida sola con mis hijos,
sin el amor de mi vida, sin un marido presente, sin el amor, sin ser una
familia completa, sin poder tener a alguien a quien contarles mis problemas, en
fin, sin él, sin Carlos, porque de un día para el otro, la vida quiso
llevárselo, y se lo llevó de la peor manera, lo mataron, lo acribillaron en un
asalto, en una masacre, en la masacre de Ramallo.
